
La ciudad de Quedlingburg, en Alemania, parece sacada textualmente de un cuento de hadas. El macizo montañosa de Harz rodea esta zona conocida, desde la Edad Media, por ser el lugar de reunión de brujas de todas partes de Alemania.
La UNESCO ha declarado a Quedlinburg como Patrimonio Mundial y un recorrido por sus calles con casas pintorescas y paisajes rurales se hace casi una visita obligada.
Emplazada a orillas del río Bode, posee un casco histórico imperdible, con más de 1300 casas con las vigas entramadas que fueron construidas en un período que abarca 600 años y termino rodeado la plaza del mercada y el castillo, además de una vieja iglesia y el edificio principal de la administración municipal con rasgos de arquitectura barroca.
Las calles, como buen pueblo del interior alemán, son estrechas y adoquinadas. Al recorrer sus callejones es inevitable sentirnos transportados a los viejos poblados de personajes de la literatura infantil, y el estilo de las casas, sus ventanas y los entramados permiten experimentar una suerte de nostalgia por aquellos tiempos tan lejanos.
Hay cafés y restaurantes al aire libre, algunos bares con cervezas fuertes y platos de comida tradicional, y obviamente recorridos imperdibles por los edificios más representativos del casco histórico, entre ellos los ya mencionados castillo e iglesia.
El momento de mayor esplendor de Quedlinburg fue durante la Edad Media, y posteriormente en tiempos de la Guerra de los Treinta Años supo ser un destino recurrente para las tropas. Además, aquí encontramos la casa de vigas más antigua del país, llamada Ständerbau.
Con la reunificación de Alemania las autoridades volvieron a invertir dinero en la ciudad, hasta el punto de consagrarse hoy como Patrimonio Mundial, una ciudad maravillosa que da cuenta del pasado de uno de los países más importantes de Europa.
Fuente: foto


